Pues nada, que los medios y las fechas han formado una alianza grandiosa para vendernos la idea de que estar en familia es lo mejor que se puede hacer con el tiempo que nos sobra después del trabajo, la escuela, tareas, tráfico, sueño, limpieza, ejercicio y el "feisbuk".
Por todos lados aparecen imágenes de niñas con trencitas enviando globos al aire, ancianitos uniformados con suéteres cafés abrazando a todo mundo, madres con talla siete y peinados de salón saliendo de la cocina con enormes y apetitosos platillos... Besos, abrazos, risas, regalos...
PAUSA!!!
¿Por qué cortan de los videos la parte más emocionante? Los niños haciendo berrinche porque Santa no les trajo lo que pidieron, los papás consolando a los monstruitos sin detenerse a pensar que lo que necesitan es un par de putazos para que aprendan a comportarse como para pedir algo. Los tíos borrachos reclamándose las mismas pendejadas cada año desde hace cuarenta navidades; el titipuchal de vasos, platos y servilletas desechables que van a ir a dar a la pobre Madre Tierra que ya seguro está hasta la madre de nosotros. Sin olvidar, por supuesto, los ex-novios impertinentes que llegan con mariachis, los cogelones empedernidos que se encierran en el baño para un rapidín justo cuando a todos se les está rebosando la vejiga, las adolescentes fúricas porque no las dejaron irse de zorras a algún antro....
¿Y por qué, pregúntome yo, seguimos buscando la manera de juntarnos con la familia al menos una vez al año?
Fácil: por pendejos.
Los seres humanos insistimos en la mamada de que la familia es primero, y hay que apoyar a la familia, perdonar a la familia, amar a la familia... ¿por qué? ¿Nada más porque un accidente biológico nos hace compartir código genético? ¡Son chingaderas! El amor, el respeto, el perdón son regalos inconmensurables que se tienen que GANAR, no obligaciones mutuas impuestas nada más porque alguna vez, una o dos o diez generaciones atrás dos cabrones tuvieron sexo y de ahí salió todo lo que vemos alrededor de la mesa en Navidad.
Cierto es que muchas veces la familia es lo mejor que nos podría pasar, pero seamos francos: hay personitas en ese grupo de las que preferiríamos desligarnos, o peor aún, de las que deberíamos deshacernos pero no nos atrevemos porque "son familia".
Yo no sé qué piensen otros, pero esta Serpiente jamás obligaría a un amigo a besar y abrazar a un borracho empedernido que apesta a alcohol que va pasando por la calle, o a llevarle un regalo a la vecina horrenda que no le pagó jamás el dinero que le debía, o a obedecer a un cabrón compañero de escuela que le ha metido varias golpizas a lo largo de los años. ¿Por qué?
O mejor aún, ¿por qué sí cuando son de la "familia"?
¿Por qué permitir que la biología nos obligue a obviar lo doloroso, lo desagradable? ¿Quién fue el pendejo que dijo que a la familia se le perdona todo? Algún ojete que le hizo chingaderas a la suya, supongo, y que necesitaba dinero otra vez.
No digo que las familias deban separarse, sólo digo que deberíamos dejar de darle importancia a los lazos genéticos y más a los lazos humanos. Darle a la gente lo que MERECE, familia o no. Invitar a la mesa a quienes deseamos ver, regalar cosas a quienes las necesitan, o las han ganado, abrazar a quien amamos y mentársela (por teléfono, que yo a mi casa no lo llevo) al primo que nunca me devolvió mis LP's de Michael Jackson. Las reuniones estarían menos pobladas, pero seguramente serían más sanas, más honestas, más baratas y dejarían un mucho mejor sabor de boca.
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